Se produce mucho menos de lo que requieren los mercados y consumidores finales, y consumir los silvestres está prohibido

Esther Fructuoso y María Dolores Lázaro, son cuñadas. Ambas están desempleadas. La primera de ellas, después de nueve años trabajando en banca, fue víctima de un ERE. María Dolores tuvo la idea: Podían montar una granja de caracoles y ganarse así la vida, lo que además les permitiría conciliar la vida laboral con la personal. Tomaron la decisión y se pusieron manos a la obra. Ya tenían el terreno, en La Cañada, y necesitaban conocer a otros productores de caracoles, información y formación para saber exactamente qué inversión tenían que hacer y qué necesitaban para hacer realidad su proyecto. Contactaron con la Asociación de  Criadores Helicicultores de Andalucía y ya está todo en marcha. Desde la idea hasta ahora han pasado 6 meses, más de lo esperado, “pero es que el Ayuntamiento de Almería no nos daba la licencia de primera ocupación”, explica Esther.

Una pequeña parcela Los 500 metros cuadrados de su parcela tienen ahora plantados acelgas, lechugas y coles, además de algunas plantas medicinales, “ajo, aloe vera, romero, tomillo...”.  A esos vegetales fundamentales se sumará un pienso balanceado a base de harinas de trigo, maíz y soja y Carbonato cálcico. De todo ello se alimentarán los futuros caracoles que entrarán a formar parte imprescindible del negocio.

4.500 para empezar Para iniciar la actividad precisan sobre 4.500 moluscos reproductores (son hermafroditas)  de la especie Helix aspersa, un caracol de concha endurecida sin roturas, con carne de color que  va de blanquecino a grisáceo y que es un producto organolépticamente conforme con los criterios del consumidor final. Aún no tienen cerrada la comercialización, pero “hay cooperativas que te compran toda la producción; también los restaurantes, porque está prohibida la venta del caracol silvestre, y ya se necesitan para poder ponerlos registro sanitario” y se juegan la multa. El kilo de estos moluscos (entre 100 y 120 ejemplares) se paga a entre 8 y 12 euros afirman, tomando como referencia el precio medio de venta de una conocida cooperativa.

Comercialización El caracol puede ser comercializado a los 4 meses, pero no coge su madurez sexual hasta los 8 meses.  El caracol una vez fecundado pone los huevos en 48 horas y la cantidad varía, de 80 a 120 huevos. La incubación de los mismos va de 15 a 20 días, dependiendo de la temperatura y hay entre dos y tres puestas al año. “El buen clima de Almería colabora especialmente a ello”, explican.

La temperatura ideal del caracol es entre 18 y 22  grados y precisan una  humedad del 60% durante el día y el 90% durante la noche. Para mantener humedad y para activarlos  tendrán que utilizar un sistema de nebulización, refieren.

En su granja van a establecer un sistema de cría mixto: intensivo y extensivo. Eso quiere decir que van a multiplicar la superficie de cría por dos utilizando unas banderas para doblar los metros de producción. “Tenemos una superficie aproximada de 470 m2 , la cual doblaríamos aproximadamente a 900 m2”, aclaran.

Montaje El coste de montar la granja les ha salido por unos 7.000 euros, pero aún no han terminado. Lo han hecho prácticamente todo ellos -ellas, sus maridos, familiares y amigos- y  no han tenido que contratar nada fuera. Calculan que, una vez en marcha, pueden sacar unos 300.000 caracoles mínimo cada ocho meses y la producción no para en todo el año. Eso sí: hay que tratarlos bien, que no se desconchen, tocarlos lo mínimo, envasarlos con mimo en sus mallas y al mercado. Los caracoles comen dentro de su parques en los que se les pone el pienso y de ahí no salen. En un mes, cuando crezcan las plantas de las que se tienen que alimentar, echarán ya los primeros caracoles.

Parques Trabajan bajo malla, porque el plástico da mucho calor. Saben que tendrán que replantar las hortalizas, algo que dependerá del ritmo al que coman. “Los reproductores los iremos pasando de parque a parque para que los pequeños alevines vayan creciendo y no haya superproducción, porque se pueden comer entre ellos”, explican las futuras granjeras muy informadas ya de todos los pormenores de la crianza de los alevines.
Los principales problemas son las plagas que puedan  comerse las plantas, porque en la explotación todo ha de ser 100% natural y no se puede luchar contra los depredadores con químicos. “No les puede faltar la comida porque se estresan”, cuentan riendo y  añaden que “Son sordos además, pero muy sensibles”.

 

Fuente: La Voz de Almería

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